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Soulèvements de la Terre: “Entre el fin del mundo y el fin de su mundo, no hay alternativa”

El Salto | 18 abr 2023

Soulèvements de la Terre: “Entre el fin del mundo y el fin de su mundo, no hay alternativa”

En el espacio de un año y medio de acciones, el rápido crecimiento de les Soulèvements de la Terre (las sublevaciones de la Tierra) ha pasado de 700 a 30.000 personas. Más allá del llamativo número de manifestantes, el mérito está en la profundidad de su implicación. Participan en él asociaciones, sindicatos, agricultores, ecologistas, desertores de la metrópolis e incluso urbanitas

por Cigüeñas negras

Aparece ante nosotros la clara imagen de la bifurcación entre mundos y no cabe la menor duda de cuál de ellos debe extinguirse. Las últimas movilizaciones populares en Francia de les Soulèvements de la Terre (las sublevaciones/los levantamientos de la Tierra) contra el acaparamiento de tierras y aguas, nos anuncian un giro drástico en este combate.

Para dar lugar a innumerables formas de vida con la multiplicación de sus mundos, para poner fin a la criminal actitud de espera de quienes gobiernan –este único y devastador mundo– y tienen el poder de seguir acelerando la máquina, es ya evidente que las performances, los llamamientos firmados (por personalidades, intelectuales y activistas) o las ILP ciudadanas (que se revierten en maquillaje para camuflar aún su gobierno) no hacen más que complacer a los responsables de la administración de este desastre.

“Somos la naturaleza defendiéndose”

El punto de partida no es ese al que nos tiene habituados el activismo ecologista imperante a este lado de los Pirineos. Aquí somos protectores y defensores de la naturaleza mientras que allí, por contra, es la naturaleza la que se defiende a sí misma. Se rompe de este modo el encantamiento de la perspectiva antropocéntrica, la perversa dinámica de separación que traza una línea divisoria entre lo humano y la Naturaleza, pues es evidente que esa línea no es exterior a nosotros sino que nos atraviesa. Operando este desplazamiento, el lema [fraguado en la ZAD (Zona a defender) de Notre-Damme des Landes] evidencia quién emprende la acción: Somos la naturaleza que se defiende a sí misma. Somos la Tierra que se subleva. Somos las sublevaciones de la Tierra.

En el espacio de unas pocas temporadas –un año y medio de acciones– el rápido crecimiento de la potencia de SdlT —pasando de 700 a 3.000 personas, luego en torno a 6.000, y este último 25 de marzo, en Sainte Soline, entre 25.000 y 30.000 personas— demuestra que esta línea militante está respondiendo a la multiplicidad de aspiraciones y emergencias ecologistas. Más allá del llamativo número de manifestantes, el mérito está en la profundidad de su implicación. El entramado alrededor de SdlT (asociaciones, sindicatos, agricultores, ecologistas, desertores de la metrópolis e incluso urbanitas) se une bajo un principio de reciprocidad comprometiéndose con otras luchas. Se incrementa así el número de manifestantes con una gran movilidad por todo el territorio, que consigue reforzar luchas menores –más vulnerables ante enemigos enormes– por todo el país. Pero sobre todo se favorece una política de la experiencia basada en la convivencia en las acciones y la circulación de conocimientos.

Acciones de “desarme”

Los SdlT han logrado la aceptación popular de acciones ofensivas mediante el concepto de “desarme”. Han conseguido que la práctica del eco-sabotaje sea considerada incluso por los activistas más reacios. Se generaliza así el método de ocupación de tierras, de intervenciones en megabalsas en construcción o en cementeras donde la maquinaria es desmontada, “desarmada”, vuelta inoperante. Los SdlT consideran que la evidente violencia institucional que impone proyectos ecocidas legitima el uso de lo que han venido a definir como “ecoresistencia”, por oposición a la acusación de “ecoterrorismo” que utiliza el Estado francés contra ellos.

Con este acuerdo interno han conseguido neutralizar las tácticas de disociación que históricamente ha aplicado el poder y sus medios de comunicación para generar una brecha entre “fracciones” y designar a “agentes infecciosos” logrando así aislarlos e incitar a su criminalización. Esto ha logrado abrir el debate interno en grupos de activistas que hasta el momento se contentaban con escribir tribunas, firmar llamamientos u organizar asambleas ciudadanas, etc. y virar su militancia hacia la participación en la logística de campamentos o manifestaciones prohibidas; y a equiparse también –alegremente– con cizallas, piedras, martillos o tijeras de podar.

“Blue-blocs”

La apropiación de las tácticas de lucha activa del black bloc o bloque negro, es el signo de la situación actual en Francia. El negro ha devenido también blanco y azul. Se viste el mono azul añil del que trabaja la tierra, de los campesinos, anonimizándose también a los “ojos sin párpados” del poder policial con elementos de protección: gafas, máscaras anti-gas, cascos, pancartas reforzadas protectoras, paraguas para desviar las granadas...

Así como no hay disociación entre el sabotaje directo y la visibilización de la potencia común tampoco se la encuentra entre el bloque de defensa y el carnaval. El baile, la música, el disfraz y la fiesta inundan todas las marchas. Construcciones de tótems de animales que habitan el territorio que se defiende permiten a los manifestantes encarnar tritones, nutrias, búhos, avutardas, murciélagos o árboles. El cortège o columna de las avutardas corta tuberías; la columna o cortège de las nutrias invade balsas; los búhos reconstruyen huertos y campos, siembran hayas… Todas estas acciones carnavalescas y parodias humorísticas del poder impregnan sus experiencias y se recogen en atractivos vídeos reivindicativos que difunden la comunión en una sola experiencia del aspecto festivo con el ofensivo.

Movilización contra la macrobalsa de regadío que se está construyendo en Sainte-Soline. Fotografía: lessoulevementsdelaterre.org

El arma del gobierno, la disolución

El Estado, por su parte, opta por defender militarmente los intereses ecocidas vertiendo sangre. A medida que las condiciones de posibilidad de la acumulación de capital se contraen frente a los límites ecológicos, la violencia autoritaria del capitalismo va expresándose cada vez más brutalmente a través del aparato estatal que garantiza su acción devastadora. La estrategia deliberada de las autoridades para aplastar al decidido movimiento ecologista que los está desbordando opera a nivel mediático, psicológico y militar; se trata de la vieja violencia de la contra-insurgencia.

La represión prohíbe manifestaciones y llueven citaciones, acusaciones, detenciones preventivas, palizas y juicios sobre activistas autónomos o de organizaciones como Bassines Non Merci o de la Confédération Paysanne, o sobre algunos manifestantes heridos que han sido sacados de sus camas de hospital para ser llevados detenidos. Finalmente, el gobierno amenaza también con la disolución de les Soulèvements de la Terre (anunciada para el miércoles 12 de abril). Aunque es ilusorio creer que un movimiento como SdlT pueda detenerse. Es demasiado difuso, demasiado colectivo, demasiado múltiple y escurridizo.

Para entender lo que está en juego en este conflicto, hay que señalar que las megabalsas forman parte de las respuestas al cambio climático de la agroindustria y el Estado. Una apuesta obcecada por perseverar en la misma línea que nos ha traído hasta aquí. La “batalla de Sainte-Soline” ha sido una muestra escandalosa de la relación de fuerzas que se juega actualmente entre el lobby que defiende en Francia la causa del acaparamiento del agua y sus enemigos internos. Megabalsas que expolian las aguas freáticas con las que se abastecen los pequeños agricultores locales son financiadas con un 60% de dinero público y securizadas por la protección violenta de la policía, cuyo objetivo último en este conflicto es doblegar nuestros cuerpos a la disciplina gubernamental para, en este caso, beneficiar los intereses privados de la agroindustria mediante el uso de la porra, el gas, el insulto, la amenaza, la intimidación, la granada, el disparo, el acoso, el terror, el aplastamiento, la difamación... Hasta la muerte si es necesario.

La actuación de los gendarmes (recordemos que se trata de los homólogos franceses de la Guardia civil, es decir, de un instituto armado de naturaleza militar encargado de ejercer la violencia dentro de todo el territorio nacional) que bloquearon el acceso a la megabalsa en construcción de Sainte Soline era una muestra de ello. Ya la forma en que se posicionaron, dando la espalda a la megabalsa y rodeándola, sólo podía conducir al enfrentamiento, es decir, no era un dispositivo disuasorio sino que buscaba el enfrentamiento al no permitir otro movimiento que el asedio. En otras palabras, se trataba de un montaje metódico, meticuloso, sistemático, que pretendía, en su conjunto, herir, mutilar, lisiar y aterrorizar. Los gendarmes desplegaron toda su fuerza y brutalidad contra los manifestantes poco o nada protegidos. Los primeros defendían un orden, un agujero, un vacío. Los segundos veían en el “cráter” una metáfora del futuro que nos depara el poder.

“La guerra del agua”

Ya en noviembre del año pasado una manifestación rápida, astuta y diversa había conseguido poner el pie en ese cráter llamado megabalsa y sabotear la maquinaria que trabajaba en su construcción y las instalaciones hidráulicas que debían alimentarla. La segunda convocatoria, este marzo pasado, ha tenido lugar en el marco de protestas masivas contra la reforma de las pensiones, ampliamente rechazada por la sociedad en su conjunto, que están alcanzando cotas preinsurreccionales tras la utilización, por parte de Macron, del decreto 49.3 para imponerla.

Al fin y al cabo, ambas entran en resonancia, pues el extractivismo que expolia los acuíferos mediante las megabalsas es a la naturaleza lo que el extractivismo que pretende explotar aún más la vida laboral mediante la reforma de las pensiones es a la existencia. Desde este punto de vista, el conflicto intermitente que se prolonga en Francia desde hace casi dos décadas (pasando de las banlieues a los centros de las grandes ciudades y de ahí a todo el territorio urbano) logra ahora, gracias a SdlT, extender también la ingobernabilidad al mundo agrario.

En la que ha venido a llamarse “batalla de Sainte-Soline”, las condiciones fueron mucho más desfavorables que en otras convocatorias. Exigieron un mayor nivel de compromiso y riesgo por parte de todas las personas y grupos implicados. Los voluntarios de la organización tuvieron que enfrentarse a incesantes controles de identidad, indiscriminados y disuasorios, en las carreteras cercanas durante los dos días de preparación previos a los actos (conferencias, mesas redondas, paseos por la naturaleza, conciertos, etc.) en la ciudad de Melle, desautorizados e ilegalizados una semana antes. A pesar de ello un campamento de 15.000 personas se montó a unos pocos kilómetros de la megabalsa. Igualmente, se consiguió articular una organización diversificada para cubrir las necesidades de una movilización de esta envergadura mediante el refuerzo de diferentes equipos ya existentes: jurídico, médico, lucha contra las violencias sexistas y sexuales, apoyo psico-emocional, atención a personas con diversidad funcional, intercantina y área infantil.

Todas las personas y grupos movilizados, venidos de todas partes, nacionales e internacionales, tuvieron que sortear astutamente un importante cerco policial en las carreteras (tanto para llegar como para para salir después) evitando identificaciones, multas, sustracción de los elementos de protección y también detenciones.

Por la mañana del sábado 25, después de una noche de lluvia y con las tierras embarradas que convirtieron la manifestación en una gesta medieval, empezó la marcha de 30.000 personas divididas en 3 cortejos o columnas con diferentes recorridos. Enmascarados, disfrazados, cargando hermosas estructuras totémicas de animales, cantando y bailando, con orquestas y música, se recorrieron seis kilómetros hasta reencontrarse todos ante la megabalsa.

Los militares, aprendiendo de sus derrotas en anteriores manifestaciones, optaron por centrarse en una táctica consistente en dejar que los cortejos llegaran a los alrededores de la megabalsa, rodeada de unidades móviles de policía, y desplegar a continuación todo un arsenal de guerra para mantener esta posición a toda costa. 3200 policías, un cañón de agua, dos helicópteros sobrevolando (las autoridades hablan de 9), tanques disparando granadas, drones de videovigilancia, quads, camiones blindados, 5015 proyectiles disparados (son cifras oficiales actualizadas) en algo más de hora y media, es decir, casi un proyectil por segundo o tantos como en todo 2009, para proteger y defender un cráter vacío, indestructible por definición.

 

Una vez en el «campo de batalla», y a pesar de los intentos de coordinación, el objetivo de rodear la megabalsa fue difícil de llevar a cabo por las decenas de miles de personas que componían las tres columnas. En primera línea, los grupos más decididos experimentaban la violencia de las armas represivas. A pesar de ello, movidos por la fuerza del espíritu de quién lleva razón, la increíble determinación y coraje les permitió romper el perímetro policial y abrir por unos momentos –fugazmente eternos en nuestra memoria– la férrea barrera militar.

Pero ante la avalancha de violencia de los gendarmes, el número de heridos aumentaba minuto a minuto. Una maniobra de los quads de las unidades BRAV-M [Brigadas Motorizadas creadas en 2019 expresamente para combatir a los chalecos amarillos] sembró el pánico momentáneamente atacando por la retaguardia, hasta que se les forzó a retornar a su redil. Las fuerzas de los manifestantes se reagruparon y se tomaron un descanso antes de dejarse ganar por una nueva oleada de determinación. Pero este impulso iba a durar poco. Los militares no dudaron en abrir fuego contra la masa de gente disparando de nuevo granadas GM2L. El temor a aumentar el número de heridos, que era ya muy elevado, y el bloqueo por parte de la gendarmería, que retrasó hasta tres horas y 40 minutos las labores de evacuación de los heridos graves, no eran condiciones que permitieran abordar de nuevo un intento de acceder a la megabalsa convertida en fortaleza.

Tras el enfrentamiento, quedó claro que la policía utilizaba a los manifestantes gravemente heridos como medida de presión. Impidiendo que las ambulancias los evacuaran, los instrumentalizó para lograr la retirada de la manifestación. Un chantaje propio de“el más frío de los monstruos helados”. El balance habla por sí solo: 200 heridos, 40 de ellos graves, entre los que hay varios mutilados y lisiados. Dos compañeros cayeron en coma y, a 10 de Abril, uno de ellos todavía continúa en ese estado.

Ese día, el gobierno transformó la megabalsa en un símbolo involuntario de sí mismo: fuerzas armadas hasta los dientes acorraladas en una fortaleza defendiendo un vacío. Este es, en definitiva, el arcano que seguirá revelándonos el poder.

Pero ese día, no sólo había policía, también había una determinación increíble, electrizante. El miedo permanecerá en su campo si la gente vuelve a encontrarse mañana, y el día después, y el día después... Como rezaba una de las pancartas reforzadas que utilizaban como defensa los grupos de primera línea que intentaban abrir brecha en el desproporcionado y asimétrico dispositivo policial:

“El desierto avanza. Nosotras también”.

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