Bioenergía: Potencial y riesgos.

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Lamentablemente el debate en torno a las posibilidades que brinda la biomasa en materia energética está hoy seriamente reducido a unas pocas opciones relacionadas con ciertos biocombustibles obtenidos a partir de cultivos. Esta restricción de una materia tan basta y compleja no es producto de la casualidad. El actual impulso de estos biocombustibles no obedece a las razones que más comúnmente se utilizan para justificarlos: protección ambiental, cambio climático, agotamiento de recursos fósiles, etc.

En nuestro país es bastante claro que lo que debiera ser un debate básicamente energético y ambiental es materia de oportunidades de negocios para el sector del agro y allí comienzan los problemas. Inicialmente los impulsores de los biocombustibles en la Argentina han percibido una oportunidad de negocios que puede mejorar precios y abrir mercados nuevos a los productos agrícolas y esto suena muy atractivo para los exportadores de cereales y oleaginosas. En tanto el sector gubernamental, ya sea nacional como provincial, siguen como en una comparsa batiendo el parche de un “cambio civilizatorio” gracias a las futuras exportaciones de biodiesel o cosas por el estilo.

Por otro lado, buena parte de quienes objetan esta mirada tan reducida y riesgosa, lo hacen confrontando sin mostrar una visión más amplia y superadora que coloque a la biomasa en el sitio que hoy ocupa a escala global y que deberá ocupar en la construcción de un modelo energético sustentable para este siglo.

La biomasa representa hoy alrededor del 10% de la oferta energética total superando a la energía nuclear y la energía hidroeléctrica y debería representar cerca del 25% de la oferta total para el año 2050, asumiendo que la eficiencia energética cubre casi un 50% del consumo previsto para entonces en un escenario convencional. Es decir, la biomasa tiene un rol sustancial que cumplir ante el medio ambiente y naturaleza si queremos reducir en un 50% las emisiones globales de gases de efecto invernadero para mitad de siglo, única alternativa de reducir la catástrofe climática a la que nos dirigimos a pasos acelerados.

Teniendo en mente este lugar que debe ocupar la bioenergía o la biomasa es que debemos ser muy estrictos en seleccionar cuáles son las posibilidades que permitirán llegar a esa meta. Elegir las mejores opciones energéticas, ambientales y que no generen otros problemas tan graves como el que pretendemos resolver (hambre, acceso a la tierra, pérdida de biodiversidad, etc.).

Con esta visión Greenpeace está impulsando en la Argentina una serie de medidas que permitan poner en marcha los mejores recursos que nos ofrece la biomasa bajo condiciones de desarrollo que extremen los cuidados.

En primer lugar debemos detener la expansión de la frontera agropecuaria en el Norte que está devastando lo que queda en pie de los bosques nativos generando una catástrofe desde el punto de vista ambiental y social que además devalúa el balance de gases de efecto invernadero de aquellos cultivos que se pretende utilizar. Para eso es imprescindible, antes que la aplicación de cualquier incentivo a los biocombustibles, tener aprobada la Ley de Bosques que hoy está en el Senado para ser analizada y luego, que cada provincia haya realizado el ordenamiento territorial de sus bosques.

Es necesario enfocar todos los esfuerzos al mercado interno apuntando, en principio, a la meta de un 5% de mezcla para todos los combustibles dentro del país. En este punto, es necesario establecer también metas e incentivos en la producción de biogás a partir de residuos, biocombustible que quedó, no casualmente, ignorado por la ley de biocomustibles.

Atendiendo el mercado doméstico podemos hacer uso de las mejores opciones tecnológicas, las aplicaciones con mejores balances energéticos y de gases que provocan el calentamiento global. Greenpeace sostiene que todo biocombustible que se introduzca al mercado debe demostrar una reducción de al menos un 50% en la emisión de gases de efecto invernadero comparado con el combustible fósil que reemplaza. Esto garantiza una contribución real a la mitigación de gases y un buen balance energético y deja de lado aquellos cultivos menos eficientes, como biodiesel en base a soja o etanol en base a maíz.

En este punto cobran especial importancia los biocombustibles denominados de “segunda generación” que pueden hacer uso de una variedad de materias primas resultantes de los residuos de la agricultura, la industria forestal y de residuos urbanos neutralizando de este modo todos los problemas asociados con los cultivos energéticos como la competencia por el uso del suelo para otros fines como es la producción de alimentos.

Cuando pensamos en biocombustibles líquidos para ser usados en el transporte es imposible que puedan hacer alguna contribución efectiva si no se acompaña con medidas de transformación estructural del sector del transporte que lo haga más eficiente, no sólo por la aplicación de mejores tecnologías sino también por un mejor uso del transporte público.

En definitiva, la bioenergía debe ser pensada como un tema energético y dentro de una estrategia energética global, si se piensa como un simple negocio para los productores de soja nos encaminamos a un nuevo desastre de proporciones temerarias. Es en este sentido en donde el mercado externo debe ser limitado y reducido a su mínima expresión, ya que ese mercado provocará inexorablemente un aumento inédito de los commodities alimenticios -la razón que atrae a los productores del agro- y cabe recordar que por cada porcentual de aumento de estos commodities millones de personas son empujadas de su actual estado de pobreza a un verdadero abismo.

Las crecientes expectativas globales sobre el uso de biocombustibles implicarán una nueva presión para expandir las actividades agrícolas sobre ecosistemas naturales provocando una masiva destrucción de los bosques nativos en el NOA y NEA de la Argentina. Por esta razón una de nuestras principales demandas es la necesidad de aprobar de manera urgente el proyecto de Ley de Bosques que actualmente se encuentra en el Senado de la Nación. Los proyectos que hoy existen para fabricar biodiesel apuntan sólo al mercado externo y requieren más de siete millones de hectáreas de soja, lo que representa cerca de la mitad de la superficie ocupada hoy por ese cultivo. Esto es apenas el comienzo si no establecemos límites y criterios estrictos en esta materia.

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